¡Qué extraño progreso!

Buitres comiendo carne de muerto.

Buitres comiendo carne de muerto.

JOAQUÍN LUIS ORTEGA

Aún corriendo el riesgo de que Zapatero me ponga en la lista de los que él llama «hipócritas», voy a echar un cuarto a espadas en esta polémica tan peculiar que reclama el aborto y la eutanasia y en la que participan poco menos que sólo el gobierno. Para polémicas de rango nacional aquellas a favor de la familia o en contra de la educación para la ciudadanía que sacaron a la calle a millones de «hipócritas» sin que hayan tenido la menor resonancia en los tímpanos del actual Ejecutivo. Lo que ahora se ventila – el aborto libre y gratuito y el suicidio asistido – es ya la apoteosis de esa corriente tan moderna que defiende derechos que nunca lo han sido y niega deberes que siempre existieron y ahora se les da por inexistentes. Todo a honra y gloria de la modernidad y de nuestra preparación en el campo de la ética. El ministro Bernar Soria, el mandamás de la sanidad pública, lo ha dicho bien claro: «Somos una sociedad moderna y preparada».
Somos, en efecto, «animalistas», defensores de los derechos de chuchos y de cachorros aunque sean de orangután. Que a nadie se le ocurra meterse con las crías del nido del campanario. Hasta las corridas de toros, a pesar de su ancestral españolidad, están ya en cuarentena. En cambio, meterse con la cría humana – con el feto – arrancándole cruel y prematuramente de su nido, el útero materno, o asesinándole allí mismo con un jeringazo o con una trituradora, resulta que es un derecho de toda madre que se precie de tal. ¡Qué extraño progreso!
Si la vida humana, en su origen, está así de protegida, qué no será en su tramo final. Donde no llegue el aborto llegará la eutanasia. Por lo que se vislumbra, pronto podremos recibir la invitación de un pariente que, cansado de vivir, ha decidido que «le suiciden» y que nos invita a asistir al evento de su suicidio médicamente provocado y asistido, como si se tratara de una boda o de un bautizo. ¡Pobre Hipócrates y pobre Protágoras! El uno fue el inventor del «juramento hipocrático», desde entonces base de la deontológica médica. Al segundo se le ocurrió aquello tan solemne y halagüeño de que «el hombre es la medida de todas las cosas». Como ahora no se lleva el griego; como lo hemos sustituido por un «Ministerio de la Igualdad» que parece destinado a educarnos en que «todo da igual» o sea, en el relativismo; como ya no se entiende lo que decía Platón, que «el que destruye la religión destruye los fundamentos de toda sociedad humana, podríamos precipitarnos en aquella fosa que vaticinaba Dostoievski: «Si Dios no existe, todo está permitido».
Menos mal que Benedicto XVI, en su reciente viaje a Francia, ha abierto una ventana a la esperanza al aventurar – o quizá profetizar – que los tiempos empiezan a estar maduros para un regreso a Dios. No sé si el Papa Ratzinger se salvará de que Zapatero le incluya a él también en su lista secreta de «los hipócritas»

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Acerca de Andrés Marín de Pedro

POR UNA SOCIEDAD RAZONABLE.No existe nada inmoral que contribuya al bien común, en ese sentido el cristianismo tiene mucho que aportar.
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